lunes, 3 de octubre de 2011

Rojos Labios.




[Y un adiós con tres llaves en el confesionario de los buenos días. En cada reloj de bolsillo hay un diluvio de gotas. Hay esquinales llorando en los abanicos y viejas corbatas al sol sobre frías mesitas de noche. En el desván del para siempre hay moribundos arcones de palo donde viajan las muletas del boomerang. En el cenicero de los enamorados hay un viajante de imanes doblandole las solapas a la camisa enfadada.
Y la jóven ceniza de cabellos dorados...]

Y otravez ese dolor.. Otravez..

En las silla de un oscuro salón de abrazos vacíos, sentados la libertad y la desconfianza. Incrédulos y desalmados, siempre contrarios, se miran a las almas de cobardes rosas blancas. Rotos de tantos peso desearían escapar, dejar de soportar toneladas de dolor cargadas en sus espaldas sin ayuda de ningún fugitivo, de ningún viento de mares rojos, ningún huracán.
Calma insostenible.
Fuerza, angustia, pánico y daño. Mucho daño. Demasiado.
Diminutos vasos de cristal pelean por un sitio entre platos desenfadados y egoístas botellas de terror inbebile, delicados se quejan sin quejas. Se hacen oir brillando.
Películas de un viajante y un viajante de película.
Sencillos, concisos y concretos destellos discuten los detalles de un azul o de un añil, de rojos rosados y rosas enorojecidos por no saber, por seguir esperando a playas que traerán todo menos barro, para luego volver por donde han venido.
Para decir Adiós una y cientoveintitrés23 veces más.
Un sueño lleno de bolsillos y un montón de polvo desgarrado a cuestas.
Tensión, relajación.
Relajación, ansia.
Ansía ver el campo de un gris y la selva de un marrón. Huecos en esponjas de un nunca más, que fue y no volvió a ser. Que nunca más será, el cenicero de días camiseros, caros y califatos, el alfil del peón de la reina del caballo sin reyni chaleco salvavidas.


Que No.


No se sostiene la esperanza con corchos hechos miga ni pantalones desabrochados, que las cremalleras o se llevan a arreglar o se parten los esquemas de los libritos negros.
Que ya casi hemos llegado y ni he empezado.
Que ya casi me caigo y ni te has despertado, ni acordado, ni levantado, ni limpiado de tantas recetas de nostalgia violadas por siempres jamases olvidados en las bocas probadas por tantos cafés con azúcar, espuma, leche y galletas.
Que uno o se entrega o acaba echándose a dormir perdiéndose contables castillos hablados por magia y vidas de leopardo y carmín de rojos labios valorado.
Ojos de alguien que siempre va a estar y un invisible que duele tanto, tanto o más que la ausencia de un palazo de rón y siete personas. Siete vidas aplacadas por una llegada de la Necesidad.
Unión, separación.
Separación, indisolubilidad.
Indisoluble e irrefrenable, el capó de un coche o semanas sin limpieza, sirven de alegría de vivir. Signos. Hechos.
Y otravez ese dolor.
Más cerca. Más fuerte. Ahoga. Arrastra. Atrapa. Y tira más.










El amor tiene que ser otra cosa.





















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